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Un tridente por Jujuy y Bolivia

enero 30, 2008

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Como alimento que busca el alma, poco importa el cómo, el dónde y el porqué. Será que como dice el muy genio de Benedetti: “En ciertos oasis, el desierto es sólo un espejismo”. Eso sentimos días después de haber recorrido nuevamente la bellísima Jujuy y parte del Sur de Bolivia, con el encanto de su gente como protagonistas principales. Aquí abajo nuestro largo pero delicioso recorrido.

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La travesía del tridente (válido tanto en su versión de tres, o de cuatro) planteó la idea de llegar a Jujuy y pasar a Bolivia más tarde, cerrando un viaje planeado hace tiempo. Gracias a mi amigo Gastón, los pasajes en Aerolíneas nos ahorraron más de un día por la misma plata que el colectivo (esencial para Adri que sólo se quedaba una semana), y nos permitía la rara experiencia de desayunar en Bella Vista y merendar en Purmamarca, aquella tierra soñada. Después de charlar un rato en el aeropuerto de las cosas que valían la pena decir si el avión hacía escala en alguna montaña y de explicarle al tano que a viva voz me corría entre las sillas del bar de Aeroparque diciendo: “Eh.. eh.. el mío diario…”, por afanarle sin darme cuenta La Gazzetta dello Sport, nos fuimos de esta fea cuidad de BA.

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Ni bien llegamos a la tierra de los mil colores, la emoción de compartir viaje entre amigos se asentó en la mirada. Lo estábamos esperando: cada uno con sus mochilas, las reales y las otras, con varios días y paisajes para acomodarlas mejor. Guitarras a cuestas, conocimos San Salvador, una ciudad capital que no supo crecer como otras zonas norteñas (Salta, por ejemplo), y donde la pobreza no puede despegarse de los rostros de su gente, devastada del todo en los 90 cuando el tren dejó de visitarlos y culminó la destrucción de tantas economías regionales en nuestro país. Parece joda, pero hoy un rasgo del crecimiento productivo de la Argentina podría expresarse en la floreciente elaboración de hisopos en Boulogne… que por bizarro que suene, marca una diferencia cruel con aquellos tiempos: ni hisopos fabricaba este país en los 90.

La amabilidad lugareña sin embargo, es algo que no se ha perdido ni cambiado. Eso vivimos claramente unos kilómetros arriba en Purmamarca, que es como un viaje por nuestra historia en la memoria de las comunidades kollas. Allí aparecieron los recuerdos del año pasado con las interminables noches de fuente, cerro y guitarra, de empanadas y chacareras, que tanto disfrutamos y juramos repetir. También añoranzas de paseos compulsivos en la plaza, donde llegué a comprar hasta dos sweaters iguales y todavía hoy Rome me gasta por eso. Así, con cierto aire de locales encima, fuimos de movida a lo del Bebo Vilte, el “dueño del pueblo”, que sobre el final de nuestra primera estadía (volvimos para el Festival Coplero) nos dio un discurso rosista que al Rome se le ponían los pelos de punta. Todo un caudillo el hombre, con lo bueno y malo que eso representa. Poco después y con el queso de cabra debidamente comprado (y compartido, porque el Norte tira al socialismo), la picadita musiquera atrajo a nuestras primeras compinches cantoras y mendocinas. Nos cruzó también con los locos lindos de La Desorquesta, una banda formada por amigos musiqueros geniales, con los que intercambiamos canciones y anécdotas. Unos lomitos después en la plaza, disfrutamos del paseo por el cerro Colorado y noches a puro “maná-maná” con Adri, que despertaban vecinos hasta nuestra partida camino a Tilcara. Allí había dos objetivos claros: revivir la casa de Buky (con recuerdos de guitarra, picada y mate con las rosarinas) y el bailongo en la peña del Quincho.

Nada de eso ocurrió porque ambos lugares estaban cerrados, y tuvimos que conformarnos con un encuentro cantor con las mendo en el camping. Al otro día salimos a la Garganta del Diablo y su imponente cascada, en la que Adri hizo colaless (la foto es terrible) con la compañía de Tete, Laurita y demás integrantes. Sanguchitos al lado de la vertiente, solcito y un “no vuelvo más” inmortalizaron el momento. De regreso quisimos conocer el Pucará y sus restos de edificaciones precolombinas, pero llegamos tarde. Para conformarnos con algo, una nenita con tencitas de sueño nos cantó una copla a cambio de unas moneditas, algo muy frecuente por esos pagos.

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Sin prisa pero sin pausa nos fuimos para La Quiaca en busca de tierras bolivianas. Y como la fortuna es un bien escaso, nos topamos con un grupo de ocho (sí, ocho…) niñas del microcentro, a las cuales ya les habíamos deseado la muerte y otras cosas peores en Tilcara. Esta vez, con alaridos que decían algo así como: “no sé boluda… para qué quiere una fotocopia esta mina… qué horror, que la saque ella…”, se negaban a darle una copia del DNI a la gendarme de frontera, que además estaba trabajando un feriado con cara de “odio lo que hago”. Sin embargo no las arrestó (una pena). Pasamos detrás y bastaron unos pocos pasos sobre el puente que divide a los países para llegar a lo de Evo. Nuestra entrada fue tan triunfal que todavía escucho al simpático boliviano que nos recibió chocando su mano cancherísimo: “cómo estás Pablo, así que nos vienes a visitar?, cuánto tiempo te quedas?, eh… sólo una semana?, quédate más amigo… Bolivia es muy bella, jeje, ya verás”.

Y tenía razón, lo que venía era increíble. De todos modos debo ser justo y decir que la comida y los olores de los lugares que conocí, son muy feos, muy. Cuesta adaptarse además a la poquísima limpieza y su forma de alimentación (todo frito: pollo, carne, fideos, salchichas… pasa el perro y lo tiran a la sartén). Los paisajes y su gente en cambio, son tan cordiales que uno teme ser irrespetuoso. En ese sentido (lugares y personas), pienso en lo inabarcable que será Latinoamérica si apenas esta chispita enciende brasas en los ojos…

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Dormidos y comidos en Villazón, neto pueblo de paso donde encontramos un mini Barzi (clon de nuestro amigo que le dio a Adri la alegría de un niño), partimos hacia Uyuni y su in-com-pa-ra-ble salar. El viaje fue en tren, que por precio y peligrosidad de los caminos suele agorse con días de anticipación. Gracias a la gestión del guía de turismo Freby, conseguimos “ejecutivo”. En medio de la estación, y post encuentro con Mariana, una interesante periodista cordobesa, nos dimos cuenta nuevamente de lo efímera que puede ser la suerte: las jovencitas venían en nuestro vagón, y mi nº 29 quedaba precisamente entre las ocho, para un prometedor viaje de 10 horas. Ni bien subimos, escuché: “Pabli, Pabli (ni mi vieja me dice Pabli) vení, hacete amigo…”.

Por suerte en el fondo del vagón estaba Gabriel, profe de historia de un colegio del Sur de la provincia de Buenos Aires, y activo participante en movimientos barriales. Con él fue un gusto enorme charlar, y entre otras cosas el hombre agarró la guitarra y desparramó virtud y pasión por igual: se le transformaba la cara cuando cantaba (si se ganó todas las chicas del tren con el primero de sus temas) y tiró un par de hitazos viejos como “Casandra”, que el Rome y yo estábamos felices de acompañarlo. Así, despertando a unos, no dejando dormir a otros, pero siempre compartiendo lo que tenemos, fueron pasando las horas. A la mañana llegó Uyuni, camino a ese mundo inconmensurable que es su Salar, el mayor desierto blanco del mundo, con 12.000 kilómetros cuadrados, donde habitan islas, aguas termales y hasta un lujoso hotel de sal. Para explicar algo basta decir que en un momento no sabés para dónde va la 4×4, ya que suele haber unos centímetros de agua que además de lograr el mágico efecto de espejo en el suelo, no dejan huellas, y los alrededores se vuelven piso blanco y cielo (azul, negro, depende…) fundidos por igual en ese brillo deslumbrante. A nosotros nos tocó escapar de una tormenta, y tras una hora de viaje llegamos a la isla Incahuasi, una reserva protegida donde brotan cardones ente sus piedras hasta los 10 metros, y desde la cual mirar el salar es como ir a un morro y contemplar la inmensidad del mar. Las fotos, por lindas que son, no alcanzan a ser ni un 1% de la realidad que es vivirlo.

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Ya de vuelta, y radiantes por tanta maravilla, fuimos de morfi a una pizería, y al toque a un barcito vecino donde Adrián destrozó las pistas con la cumbia, el rock, la salsa, el merengue… ganándose a una repostera de rulitos que mama mía. Qué manera de despedirse el amigo!

Al otro día, y porque así es su esencia, el tridente quedó con tres integrantes. Subidos y tirándole besitos desde el bondi, lo cambiamos de inmediato por Lu y Choco, nuestras rosarinas y nuevas compañeras de aventura. La Bolivia potosina nos recibía, y más allá del viaje en sí, y de disfrutar su mundo extraordinario y natural, no pude evitar preguntar por Evo a cada boliviano que me crucé. Aún hoy tengo una sensación rara al respecto. Habré charlado seriamente con unos 20 (y en uno de los 9 estados del país), pero me resulta más creíble ese dato que leer un diario comentando lo que alguien, dice que le dicen… Entre otras cosas muy descriptivas de su actual crisis, me quedo con el resumen de un habitante de Tarija, que viajaba con nosotros a Potosí: “Sabes que pasa hermanito?, cuando las minas enriquecían al país, las provincias ricachas no decían nada… la gran Bolivia era una. Ahora que tienen su petróleo y su gas, los de la media luna lo quieren solo para ellos, la Bolivia está dividida”.

Potosí nos comprobó también que no sólo nosotros manejamos con mucho desprecio por la vida: el boliviano promedio está sencillamente loco al volante. Ubicados en un hotel (sí… basta de carpa amigo) y con el Rome medio muerto, salimos a ver qué tal la cuidad, y de pasadita terminamos contratando la salida a la minas del Cerro Rico (famosas minas del Potosí), para el día siguiente, en lo que fue la nota triste del viaje. El trabajo de los mineros es de terror. Sumidos en una vida que nunca eligieron, trabajan inhumanamente todo el día y sin comida (sólo mascan coca) con un riesgo de mortalidad permanente. Si la suerte de los derrumbes no les toca (el año pasado murieron 60), la obtienen bonificada cerca de los 45 años, cuando los pulmones prácticamente les estallan. Sus hijos llegan muy jóvenes a la mina: con 13 años son adultos, y pese a una ley que lo prohíbe, la necesidad los lleva bajo tierra (ironías de la vida) muy temprano. Cuando uno llega hasta ahí se suele comprar coca y algunos explosivos como forma de agasajarlos por dejarnos entrar al lugar que les da la vida y se las quita, por loco que parezca. Incluso se suele bendecir miniaturas e imágenes que representan sus sueños, su bonanza para encontrar el preciado mineral, y claro, para que la hora les llegue lo más tarde posible. Es algo muy difícil de entender para quien no pertenece allí. En general la gente luce estar de acuerdo, y la sumisión parece un rasgo natural y ya no social, tal vez una de las huellas más palpables del paso de la colonia por sus tierras.

En esa excursión hicimos, pese a todo, una gran adquisición: las mozas platenses. Tere y Barbi, psicólogas ambas, pasaron a ser inigualables compañeras para lo que venía, y baile de chacarera mediante (un video atestigua mis palabras) nos presentamos en el hotel donde salimos luego con la Choco y Lu a romper la noche potosina. Pato y yo por supuesto, dos altos fefos. Comida y cerveza de por medio, escuchamos con Pato cómo cuatro mujeres describían a “ciertos tipos de hombres” (con cierto terror) y lo áspero que puede volverse el amor, pero con tal pasión que ni mu nos animábamos a decir. Ahí también, en plena “ciudad de la lluvia”, como la bautizó Pato por su persistente lloviznita, vivimos una misa que se pasó de extraña (el aleluya era como un cover de un villancico yanki, y el amén como una orden militar de cuerpo a tierra: “¡Aaaa… men!”, miérda… te asustaba el cura), aunque pintoresca al fin de cuentas.

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Al otro día comenzamos una travesía que no olvidaremos (la cara de Rome en el tren lo dice todo), con ocho horas de viaje en un colectivo que se movía como una coctelera por caminos de cornisa, y que venía repleto de gente, bolsos y una cabra. En Uyuni nos esperaba el tren, que en su primera experiencia había sido un placer de 152 pesos bolivianos. Este otro de regreso salía 36, y era lo que valía: una cosa espantosa. En principio la diferencia abismal entre la clase “ejecutivo” y la “popular” se parecía tanto a la realidad del mundo que te daba ganas de golpear a alguien, pero si uno no es profeta en su tierra, mucho menos lo es en ajenas. Así que calmados tratamos de soportar una incomodidad de animales. Malhumorados, cruzamos Villazón a pura compra y pasamos la frontera rapidísimo, en una argentineada total, mala pero necesaria, producto del encanto del “guiño, guiño” a la gendarme aquella. Tras zafar de unas dos horas de cola provocada por la caída del sistema de identificación, pasamos a La Quiaca y a nuestro bendito país, con sus benditos transportes y benditos alimentos. Así de bendito veíamos todo. 

Un bondi después ya estábamos en Humahuaca, que fue el principio del viaje que esperábamos. Nos dio un poco de nostalgia por Adri, al que habíamos artado prometiendo eso que ahora encontrábamos ahí, y porque el Norte, más allá de los magníficos lugares naturales, guarda una onda que si uno conoce nunca olvidará. Con esa “carga”, pero chochos de la vida por ese encuentro, nos acomodamos en la Casa de Carlitos, que queda a una cuadra de la estación de colectivos, justo al lado de una almacén que tiene pintado una especie de Che Guevara al que debieron ponerle abajo “Che Guevara”, por lo irreconocible del dibujo. Esa casa sembró recuerdos y amistades que creo van a perdurar. Nos sentimos como nunca allí, y el gusto fue tal que en cada destino, por espectacular que fue, nos quedamos dos o tres días. No más. Humahuaca nos vio en sus calles, su plaza, sus cerros y ese lugar de encuentro y bailes que fue el patio de la casa, durante largos y placenteros cinco días. Y nos fuimos mariconeando eh. Allí quedaron además de las peñas, las clases de chacarera con el profe Mati, Lucía (mi china pal baile) y las dos Anitas (una de ellas de la France), el genio musical de Galo, Santi y la gracia del francés Benjamín, una pila de buenos momentos.

Uno fue sin dudas (jajajaj, mundial) el “asado de sal”, a manos del loco del vino. Hay muchas versiones al respecto: una dice que el flaco le puso tanta sal (pero no se dan una idea de lo que es “tanto”… digamos que se veían los granos de sal gruesa en fila, y uno tenía que sacarlos con la mano de arriba de la carne) para que tomáramos más vino, porque es una tradición copada poner en pedo a los visitantes. Otra postura afirma que uno de los tres asadores (súper parrilla ya que éramos como 20 pa comer) saló previamente la carne, pero uno de los que vigilaba en fuego le puso sal en la parrilla, cuando este salió por el vino, y que un tercero la volvió a salar cuando la dio vuelta. La última asegura que el flaco vivió mucho en Uyuni, y desde allí todo es “sal y otras cosas…” para él. En fin… fuego te salía de la boca. Y las papás a la parrilla? Ah… espectacular: “coman, coman que tiene ají picante y pimentón nomás…”, decía. Por supuesto que sobraron papitas… y muchos recurrieron para armonizar la cosa, a la ensalada de zanahoria y… y… ajo!, pero qué hijo de p…

Así de apestosos y todo, esa noche, y la siguiente y las otras dos, la peña “De Ahicito” (grande Raly!) nos vio zapatear a lo loco, gracias a la santa paciencia de Lucía (mi ya titular compañera de baile) y Anita, genias entre pocas. Y pensar que mientras escribo esto, allí se sigue a puro bailecito, chacarera, carnavalito… mucha envidia.

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Cuando el viaje concluía, entre abrazos y promesas de regreso, nos fuimos con el joven Doc Luciano, Tere, Barbi, Ana, Pato y Rome para Parmamarca, a vivir la juntada de las comunidades de Jujuy que bajan de los pueblitos y las montañas para compartir su cultura a través del canto. Pasamos la noche en Tilcara para sacarnos las ganas con la peña del Quincho, y después regresamos en una eterna caminata por la ruta. Más guitarras y días de plaza, con la gracia de la zamba en lo de Claudia Vilte, el larguísimo camino al camping de José, las compras compulsivas de mantas para la vieja, sweaters para los sobrinos, charango y demás “baratijas acomoda tías”, se nos fueron las últimas imágenes del Norte, incomparable, certero, inmortal, agotando este regalo que fueron las vacaciones.

Lo demás, es lo de menos.

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“Ay quién pudiera volverse el duende en la salamanca,

ser el alma de las coplas, chacareras y vidalas… 

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Andar por los carnavales, y en las huellas jumialeras

cantar medio machadito, de farra por las trincheras”.

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