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Mateando con Liniers

agosto 3, 2009

Liniers (35) refleja en su obra nada menos que a Ricardo, ese otro yo circundante. En su web, un fragmento del prólogo de uno de sus Macanudo, firmado por gran Negro Fontanarrosa, lo resume todo: “El estilo de Liniers es ingenuo. Pero ¡cuidado! desprevenido viandante, es la primaria ingenuidad del león, que se morfa una gacela”. Que sabe dibujar y que es gracioso no cabe dudas. Pero el tipo lleva además la simpleza del artista que no subestima al lector, y prefiere a veces dejar la pregunta abierta a la imaginación del otro, y no entregar nada masticado: allí una de las claves de su éxito. Quizá la tierna Enriqueta con su gato, los duendes y los fenomenales pingüinos, sean el mejor ejemplo de eso. Pero hay más: tiras diarias en publicaciones, más de una docena de libros editados, muestras, firmas y charlas en el exterior, posters para la película Incómodos de Esteban Menis, las tapas de los discos La lengua popular, de Andrés Calamaro y de Logo y Oops de Kevin Johansen, y hasta el atrevimiento de dibujar ¡y cantar! junto al flaco de Alaska, su amigo, en un recital con un ejército de fans ovacionándolo cual estrella del rock. Él sigue siendo macanudo: prepara el mate amargo y ofrece su sillón de dibujo al visitante, se ríe constantemente y cuenta sus anécdotas, mientras esquiva el cómodo desorden de dibujos, libros, pinceles, lápices, cómics, láminas y cuadros llenos de personajes que se ubican en su estudio, y que son ni más ni menos que su universo.

¿Sirvió para algo el intento con el derecho y la publicidad?
Sí, principalmente para saber qué era lo que no quería, porque eligiendo malas carreras le escapé al “ojo de la bestia”.

El estudio formal no era lo tuyo…
Es que siempre fui mal estudiante, así como mal deportista, pero por suerte la pegue con esto. Y eso que tengo una tara personal que prácticamente me impide hacer algo si me lo pide otra persona. Mirá, por ejemplo con los libros me pasa que leo todo el día, pero cuando me decían en el colegio lee Platero y yo, pensaba: “Ni en pedo”. Y el cariño que tengo por algunos que leí cuando era chico es enorme, si para mí Tom Sawyer es como un amigo de la infancia. Por eso no trabajo con guionista en las historietas, porque si la idea no me sale a mí, no me divierte, y ahí muere. Eso para la carrera de publicidad era una clara contraindicación. Con el dibujo tuve la suerte de encontrar un espacio donde me dejaron explayar mi egocentrismo.

¿No te iba la exigencia capitalista o es un tema más existencial, de querer ser libre?
Sí, creo que es un tema de necesidad de libertad, aunque un tanto absurda claro, pero que me pasa seguido.

¿Y qué rol jugó eso frente a la necesidad de trabajar y ganar plata?
Fue raro, porque nunca se me pasó por la cabeza que dibujar fuera un laburo, como si se pudiera hacer mientras uno trabajaba de abogado, dentista, o en un kiosco. No me era posible pensar que existían los Quino o los Fontanarrosa, tipos que vivían de esto. Y menos que menos pensar ser uno de ellos. Pero sí, tardé mucho en caer: fui mesero por un día, cadete por un mes, y dos años repartidor de las pantuflas que hacía mí vieja, un trabajo que quizá explica cierta ternura en mi sentido del humor: me hizo sentir cariño por el perdedor.

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¿Cuándo fue el “clic”?
Cuando saqué de mi cabeza la ecuación de la guita. Había elegido abogacía porque pensé en la plata, pero rapidísimo desistí por era horrible. Después opté por publicidad, por su aspecto creativo, pero en realidad me llevaba a lo mismo, a la seguridad de un trabajo por plata. Y en paralelo dibujaba, hasta que me fui embolando y un día decidí que me la jugaba por los dibujitos y las historietas. Y si me terminaban pagando dos pesos por eso iba a estar feliz. No podía condenar los 40, 50 años de mi vida restante sólo por la guita. Misteriosamente, ahí empecé a ganar plata.

¿Y el contexto qué decía?
¡Ja!, el contexto era Angie (su mujer) que era abogada y sí ganaba plata. Así que la primera época andaba como si fuera un hippie que hacía historietas, mientras ella me mantenía con toda elegancia. Pero por suerte las cosas se dieron vuelta un poco, y ahora puedo devolverle esa confianza. Porque a Angie, pobre, tampoco le gustaba el derecho, pero no podía haber dos hippies viste… y ella sentía la responsabilidad de mantener mi delirio. Después había amigos y familiares que con la mejor, me decían que me deje de hinchar y labure “en serio”, y que eran re lindas las historietas, pero que las hiciera en el tiempo libre. Nunca me enojé eh, porque eso siempre viene con la cuota de querer lo mejor para vos. Ahora, la recomendación va como si vos fueses igual a ellos, y ahí se torna irrealizable.

¿Ahí empezó la “carrera”?
Sí, pero con replanteos, que los hubo durante un buen tiempo mientras veía que mis amigos progresaban y que si de última los echaban, tenían plan “B”. Yo sólo sabía dibujar. Pero nunca perdí la esperanza, como con la guitarra, que me sale una sola canción, pero no iría nunca a tomar clases porque tengo la fantasía del autodidacta: llegar solo. Así que seguí adelante, y en general siempre aparecía alguna pequeña buena noticia que me hacía estar un poco más con lo mío, dedicándole más, aprendiendo más. Aparecía la publicación de las historietas para la facultad, y eso ya era re groso para mí. Después iba a un taller de Sapia y conocía a Sergio Langer, a Diego Bianchi, a los pibes de Lápiz japonés y toda esa gente del palo que yo admiraba mucho y que me decía: “Che, qué lindo tus dibujos”. Y era feliz. Incluso Langer (creador de La Nelly de diario Clarín) llegó a llamar a la revista que le publicaba en ese entonces para decirles que me dieran bola. Un gesto de una generosidad extrema, y que por suerte se encuentra mucho en el mundo de la historieta, coco si fuera un poco comunitario. Todas esas cosas me iban levantando el ánimo, hasta que llegó Bonjour en Página 12 y me certificó que la jugada era por ahí. Igual, cuando se lo conté a mi viejo no dijo nada, pero debe haber pensado: “Lo voy a tener que mantener hasta los 50 a este”.

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Hablarle al planeta
Alfio la bola troglodita, la aceituna Oliverio, Enriqueta, Johnson, El hombre misterioso, Lorenzo y Tresita, los duendes, el conejo, los pingüinos… Una ensalada de personajes que al mezclarlos dan como una pócima, la diversidad de su autor. “Me gusta mucho viajar, y eso me revoluciona a la hora de dibujar y crear personajes. Me carga las pilas ver gente diferente. O directamente ver gente, porque mi laburo es estar mirando el papel en soledad, básicamente. Además con los viajes aprendí que el nacionalismo no tiene mucha lógica. Es buena la defensa cultural, pero la diversidad hace al mundo más interesante”. Pero ese hombre que se muestra decidido e itinerante, fue muy tímido, hasta que encontró “su” forma de contacto. “Hablaba con algunos amigos, o con mi viejo, pero me costaba lo social. Con el dibujo encontré el idioma universal para conectarme con el planeta. La historieta es un leguaje, y como el arte en general, sirve para hablarle al planeta”.

En algunos personajes está muy presente la inocencia de los chicos. ¿Tenés cerca ese mundo?
Mucho. Cuando empecé hablaba con escritores de libros para chicos y les preguntaba cómo hacían ellos, si hablaban con los niños o trataban de ponerse en su cuerpo. Todos coincidían (y me miraban raro) en que no, que simplemente escribían lo que les gustaba. Efectivamente creo que algunos tenemos una conexión muy fuerte con la infancia, un puente tejido con esos recuerdos que se hace muy presente. A mí me pasa con Enriqueta, y por eso la uso para acordarme de cómo era ser chico, y de esos pibes que son una mezcla rara de terrorífico y capocómico. Yo soy fanático de Mafalda por ejemplo, pero ella es una niña adulto, que se hace preguntas de grandes. Algo similar pasa con Snoopy, que llevan el universo de los grandes al mundo de los chicos para reformular la pregunta y darse cuenta de lo mal que los grandes hacemos las cosas. Pero eso no es ser chico, ser chico es mucho más terrorífico, como lo vivía Felipe quizá, que no entendía nada, que todo le pasaba por encima, que iba al colegio y no agarraba una. Enriqueta me hace canalizar esas cosas inocentes, enternecedoras, pero a veces angustiantes, de la infancia. Me gusta hablar de eso, es parte de lo que para mí es ser historietista. Y me enorgullece que la gente común como los tipos que fueron hitos basamentales en mi vida, lo reconozcan.

¿Cómo quienes?
Quino por ejemplo. Que él me diga que le gustan mis dibujos, o que en entrevistas hable bien de mí… ya está. Y no por sentirme más canchero eh… me da pánico pensar que se van a dar cuenta de todo lo que hago mal. A mí me gusta mucho mi profesión, pero veo a diario los errores que voy cometiendo en el viaje, o cuando me expongo, como con las 5.000 tapas que dibujé a mano y que a las 500 decía: “Esto está buenísimo”, y a las tres mil quinientas era un: “La puta madre, no se termina más”. Por esto que te contaba de mi propia creatividad, hay veces que la pifio, que el chiste es malo o el dibujo me sale feo. Si por ahí me cruzo con Carlos Nine o con Hermenegildo Sábat y tengo miedo que algún día me digan: “Pibe, dale, te pescamos eh… ponete las pilas y dibujá mejor esas acuarelas”. Siempre los saludo y me voy rápido, por las dudas.

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