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La polución mediática

agosto 4, 2011

¿Qué escribimos los periodistas?

Para mí este es un momento bisagra, esos donde ocurren cosas que vistas luego en perspectiva, determinan etapas, instalan nuevos paradigmas. Por ejemplo qué pensamos de los dispositivos de comunicación masiva. Eso que llamamos “la tele”, “los diarios”, “la radio”: los medios.

Lo que hasta hace pocos años (¿meses?) era una charla al interior de los que estudiábamos carreras relacionadas o trabajábamos en medios, y apenas subyacente en esferas de lo académico sobre qué y quiénes eran los medios masivos, a qué respondían y cuáles eran los límites de los periodistas como correas de trasmisión de sus discursos, parece hoy cosa del pasado. “Es la economía, estúpido”, le recordó James Carville a Clinton, mostrándole la llave que habría todas las puertas, incluso la del Despacho Oval de la Casa Blanca. Su heroico discurso demócrata quedaba en ridículo frente a la verdad del bolsillo yanqui. Pero, ¿qué hay aún por encima de la economía? Poder. Poder para manejar la economía, entre otras cosas. “Son sus intereses de propiedad, perejil” podría actualizarse la frase cuando si de entender porqué los medios dicen lo que dicen se trata. La idea de ese ente abstracto que emanaba información y construía la agenda de lo que era (y no era) noticia, fue: todos sabemos porqué Clarín pone los videograph políticos que pone, y hasta los que no parecen políticos: “Alerta: el dengue que viene”, mientras el médico dice: “Lo primero que hay que decir es que no hay que tener miedo”. O porqué 678 hace los informes que hace. Pero hay un concepto que escuché el otro día y me pareció interesante a nivel de lo que nos incumbe más de cerca a los que somos periodistas. Es el del “virus informativo”, que sería algo así como una falacia (o mentirita perversa) funcional a nuestros intereses, la que debemos repetir como cipayos. Me pareció la otra cara del concepto de Elizabeth Neumann sobre “La espiral del silencio”. Según la politóloga, todos poseemos cierta intuición social, “lo que se piensa de”, cosa que nos permite andar por la vida sin cagarnos a palos con los demás. Y lo que nos mantiene avispados de si nuestras opiniones son minoritarias o no. Como somos seres sociales y buscamos la integración, si sabemos que nuestras ideas provocan rechazo, probablemente callemos. Quien ostenta el poder para imponer su táctica de manipulación, martillea a un grupo con una idea que se considera mayoritaria (lo sea, o no) e intenta transmitir la impresión de que esa idea es asumida como válida unánimemente. “Los valores republicanos”, “la inseguridad creciente” o “Cristina quiere que River vuelva a primera para que la gente esté contenta”. No importa qué. Se martillea un poco más y listo, la idea queda. Mientras no haya un compromiso firme con lo que se piensa de manera individual, y se lo ponga a disposición de la crítica y el consenso, esa idea es ganada por la espiral de silencio.

Ahora, ¿qué hacemos los periodistas cuando nos llega alguna información? Mejor: ¿qué hacemos cuando no estamos de acuerdo con ella? ¿Hasta dónde podemos hablar de libre expresión, y hasta dónde de libertad de empresa? ¿Cuál es el límite también para la política? Cuál es el “hasta acá” de representación partidaria, por ejemplo de un personaje (penoso) como Alfonsín hijo, que se decía progresista (algo que supo ser su padre) y se pegó luego a De Naváez (y parecería poder arrimarse a la foto de cualquier ganador, aunque sea repugnante). Horrorizado por la falta de ética de Zaffaroni pero suspirando ante cada movimiento del nuevo mahatma Macri, aunque esté procesado. ¿Da igual todo por unos votos? ¿Da igual decir cualquiera por la noticia, por conservar el laburo? Antes la excusa era la primicia. Ya, ni eso.

Impresentables lobistas mienten en un diario de tirada nacional o en un canal construido semánticamente como “serio e independiente”. ¿Ensuciar, denigrar, mentir es parte del periodismo? Un amigo dice que con la derecha berreta que tenemos, cómo pedir un periodismo que no sea mugriento. Pobre Wash, almenos le queda el ajedrez.

Ojalá que el acceso de minorías, de organizaciones populares y otras formas de política y expresión se den de una vez. Y que los que laburaron para la nueva ley de medios no se vean traicionados ni por los garcas de siempre ni por lo piolas progres. Pero la nueva ley es la única manera de que se produzca una democratización real de los medios, y así quede más claro aún dónde y porqué baila el mono. Ante todo, creo que el periodismo es un oficio, y que prefiere ser ejercido con amor y respeto, pero sobre todo con dignidad. Sino, siempre se puede hacer otra cosa.