Archive for the ‘Familia y Amigos’ Category

Apenas

diciembre 13, 2007

la mirada despierta

desafía el misterio

duerme, sueña y espera

.

sonríe y cambia, cambian

sin saber, sabiendo tal vez

sangre ínfima y suficiente

.

máximo, mínimo

todo y nada

su vida, la mía

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Hay equipo

septiembre 12, 2007

Fran; Ito, Ramón (Edu), Marcos; Diego (Rome), Esnay, Chino y yo. El Lobo sigue dando muestras de su inconmensurable mística. No nos sobra nada, excepto ese “algo” que nos hace estar desde hace siete años en La Rana, donde presentaremos este semestre nuestro muleto: El Loro. El debut es el domingo, tras el retorno del día anterior con el original de 11. Para concluir nada mejor que este post de Rome, nuestro hombre gol.

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Un mínimo Máximo

mayo 16, 2007

Nació mi pequeño y segundo sobrino. Es una lauchita, y se llama Máximo… ironías de la vida. Bienvenido al mundo amigo.

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Rostro de niño llevo

mayo 14, 2007

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Salta y Jujuy: los sonidos del silencio

enero 30, 2007

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Una vez leí que cuando de sensaciones se trata, las palabras pierden frente al corazón. Excelente síntesis para explicar las experiencias, reflexiones, extrañezas, asombros, aprendizajes y encuentros con tanta gente linda. El viaje norteño con mis compañeros de aventura Barzi (“el destapado”) y Rome, fue de antología: apenas salidos de BA ya se respiraba otro aire, y al llegar, las primeras visiones ya eran de una belleza pura, con climas, colores, aromas, sabores y voces que formaban un cúmulo de sensaciones muy vivas y reales. Más de una vez trate de “tomar conciencia” de “esto”, de las tonalidades de las montañas, del ruido del agua golpeando las rocas, de las nubes a nuestra altura, del dominio de los cerros y sus caprichosas formaciones. Y disfrutarlas ahí, y volverlas también un recuerdo perdurable. Veía a mis amigos compartiendo aquello conmigo, o escuchaba atento las anécdotas de los lugareños arraigados con pasión a sus pagos y era más extraordinario todavía. Y a la vuelta de la esquina había otro paisaje, y más colores, y un pibito jugando al fútbol a 4 mil metros de altura en una canchita inclinada 60 grados, o la mujer que venía de “uno de los 23 pueblitos que hay perdidos entre los valles”… más y más sorpresas, todo el tiempo. Qué bueno sería contar con más días para poder llegar más hondo en los lugares y en su gente, como compartir un asadito con el loco que llevaba la carne a las despensas de Iruya manejando horas por caminos de cornisa. En fin, del viaje recuerdo ahora docenas de anécdotas e imágenes que fueron teniendo sus matices… lugares más lindos que otros, compañeros de viaje que le dieron entusiasmo al grupo, encuentros que hicieron historia, guitarreadas y bailes inolvidables. Siempre con un estado que nos acompañó como una estrella durante toda la estadía norteña, y que fue lo de más parecido que se puede a la felicidad. Ahí abajo iré contando de apoco y entre fotos, y espero sirva de lugar para compartir sus comentarios.

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Nuestro extraño recorrido comenzó en Salta, donde quedé admirado de las veredas en forma de boulevard de la plaza 9 de julio, de su opulenta catedral y de un paseador de perros que llevaba 17 canes él solo… lo que se dice un salteño groso. El resto de Salta capital resultó interesante, como la quebrada de San Lorenzo, una corriente de agua que baja la montaña entre verdes y rocas. También la hosteria-boliche “Macondo”, que nos alojó en cuartos a sólo tres metros de su bar, y en donde digamos que si salías a ver la luna o al baño o a estornudar, te estabas paseando en calzones lo más campante entre cientos de personas. Genial realmente. Igual creo que se les fue la mano con eso de Salta la linda. Si vale nuestra experiencia, y sumado al nefasto gobernador que tienen, bien les cabe un: “Salta… linda y bizarra”, no más que eso. Aunque (siempre hay un aunque) la estadía allí nos hizo conocer a las cinco cordobesas más divinas de la historia de la humanidad, con las que festejamos fin de año, y de las cuales sólo pondré su foto porque sino el post puede durar meses. Aclaro que a esas caruchas hay que sumarles la tonadita cordobesa. Casi nada.

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La travesía continuó en Cachi, un lugar divino, verdadero pueblito donde aún sobrevive lo hecho a mano, lo que se compra por peso en almacenes que suelen “redondear” sus importes, y donde uno puede caminar junto al viento entre las casitas de adobe, que vistas de lejos dibujan una uniformidad colonial marrón propia de película del canal Volver. Allí llegamos en remís (mochileros muy fashion) porque nos sorprendió el feriado del 1 de enero. El viaje por la Cuesta del Obispo fue muy interesante, sobre todo cuando el auto recalentó y casi se queda sino hubiéramos sido socorridos por el agua de una casa de paso, que tenía de mascotas a dos llamitas preciosas, una de las cuales quiso comerse la camarita de Barzi. Pero Cachi atesora mucho más que estos modestos detalles, y ha sido bautizada por mí como “el paraíso del queso de cabra”, al que le dimos sin piedad en la puerta de su bellisima capilla, a minutos de la misa, y en una soberbia provoleteada nocturna, la única verdadera cocinada de las vacaciones. Pero tal fue mi fascinación con ese queso que durante esa noche llegué a pensar que todo ser humano merece educación, salud, queso de cabra y trabajo (y en ese orden). Nuestro hogar fue el camping del ACA, un lugar muy acogedor, repleto de árboles y con una pileta de la hostia en la que entrenaban los futuros representantes de la disciplina en los próximos panamericanos. Esos días nos cansamos de ver sus enormes espaldas pasearse de aquí para allá por al pileta, que fue probada con gracia y destreza amateur por el Barzi y quien escribe (tomen, giles). Rome, por supuesto, no había llevado su patito de goma. Cachi fue también el despegue para conocer gente viajera: Gala, Tati y Juancito fueron nuestros primeros “si estás igualll”, que sumados a Mati, el loco de la danza aérea, se convirtieron en cómplices de asado y guitarra hasta que las brazas dijeron basta. Este pueblo, fue el principio además, del largo recital que fuimos dando en cada sitio que pisamos, porque como tocábamos los tres, de veras que el show siempre continuaba. Ni siquiera una infección en el dedo de Martín (líder del conjunto, jaja) nos detuvo: posta que nunca toque tanto la guitarra en mi vida como en estos 16 días.

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De allí, semi encantados, partimos a Cafayate, previo paso por El Carril, por una difícil conexión de colectivos. Esa ciudad, donde perdí el primer estribo comprador y ensanché la mochila con un sweater para mi sobrinito (previas dos quenas abonadas a un luthier de Salta), nos recibió en el camping del Loro no sé cuanto, con las divinas Andrea, Agustina y amigas, y un gran notición gran: ni bien nos acomodábamos la carpa apareció el “Batallón de la alegría” (hay una linda foto al final de la nota), la banda de Juano RM y Julito, el Beto, Rafa, Facu, Nachito, Juan Cruz y Barri, al que luego se sumaron dos compinches más y las 4 santafesinas (Piru, Euge, Xime y Pau) que ya eran bellavistenses desde Tucumán. Después de los abrazos de cortesía pasó lo que tenía que pasar. “Ey, pablito, ¿se prenden a un fulbo?”. Dicho y hecho, la formación compuesta entre nuestros equipos MalaSalú y El Lobo jugó un encuentro memorable en una cancha espantosa, pero llena de mística futbolera. Era larga, angostísima y con dos detalles muy decorativos: filas de árboles (adentro) y una tremenda montaña de escombros. Una manteca. Allí floreció la sana competencia, el espíritu deportivo y la buena onda mientras ganábamos 3-1, y siguió muy amistoso hasta que nos empataron. El 3-3 mostró el polvo de las pelotas divididas y el rigor de lo que es de uno y no piensa entregarlo. Ya de noche (sin luces), una jugada magistral de Juano (eludiendo dos rivales y un álamo) me habilitó para sellar el histórico 4-3 en la altura. Sic, sic, muchachos del rejunte de Cafayate, la victoria se va de Salta a Bella Vista sin escalas. (Paréntesis: Facu, estás mal de la cabeza pibe, no podés tirar una chilena arriba de una montaña de piedras, ajaja). Tras los festejos se vino una súper patyada de manos del asador Villafañe y un bailongo superlativo en la peña cercana, donde conocimos con Juano a la sonriente “Mani”. La mañana siguiente abandoné el tridente para conocer las cascadas, una linda excursión a la que me animé solo. Allí, bajo el agua clara y fresca que bañaba la montaña -y gracias a la destreza de mi cámara-, el mundo conoció a la chica “de la gomería”, joven que hacía grosero alarde de lo que Dios le había provisto. Según los entendidos del jurado, un 10 para ella. La última noche se armó una mega-guitarreada con más de 100 personas, el infaltable fogón y nuestras guitarras. ¡Qué groso tocar en semejante fogón!

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Y llegamos a Purmamarca, que es como un viaje por nuestra historia, donde el silencio se torna artesanía que crece en cada hombre, y donde la memoria de las comunidades kollas habita todavía. La verdad, se te iba el corazón en cada mirada, en cada sonido, en cada rostro, en cada relato. Purmamerca es por lejos el lugar más lindo que conocí este viaje, y le pelea a cualquiera que haya conocido antes. Diría que ningún argentino debería dejar de conocerlo. Allí estuvimos del viernes 5 al lunes 8, y nos volvimos al encuentro coplero cuando el viaje concluía, para vivir la juntada de las comunidades de Jujuy, que bajan de los pueblitos y las montañas para compartir su cultura a través del canto. Música, caras curtidas por el sol, mucho vino y una enorme alegría vistió cada día pasado ahí. La subida al cerro colorado, la comida con el hermano de Lucre y el Negro, el paseo en chata por los cerros al ritmo de Raly Barrionuevo, las noches de fuente, cerro y guitarra, de empanadas y chacareras, de paseos compradores en la plaza (¡qué vicio Dios!), de nuevos y viejos amigos reunidos en un sitio decidido a guardar lo que siempre ha sido: un pueblo donde la gente habrá de mirarse siempre a los ojos. Nuestro fugaz paso por el paraje “Matías” dio pie al camping del hombre con pocas pulgas, el amigo “Bebo”, algo así como el dueño de todo. Allí estuvimos tres días más tras entablar una jugosa charla: Que tal, ¿hay lugar para…? “no, con guitarra, no”. Ok, no tocamos si molesta, per… “No, con guitarra, no”, ta bien, per… “no, con guitarra no”, parecía un skecht del Chavo. Costó, pero pudimos convencerlo. De allí entonces arrancamos a la excursión de Las Salinas, un mar blanco donde unos encapuchados (cual oficiales del comandante Marcos) hacían figuras autóctonas, mesas y hasta ladrillos de sal con un machete que metía miedo (sí, también compré ahí). Este lugar se asemeja en altura a San Antonio de los Cobres, otro poblado a más de 4.400 metros, donde habitan cerca de 5.000 personas, de las cuales 2600 son menores. Otro sitio donde la adultez llega demasiado temprano, con los 14 años y “próspero” trabajo en la mina, que se encargado de hacer de su cementerio el lugar más visitado. Cosas de este mundo. En la vuelta al pueblito jujeño de Purmamarca nos encontramos, para variar, con dos voces bellavistenses, pero de colección, las hermanas cantantes compañeras de Clarita Pearson. También hicimos amigos alemanes (el capo de “Anaconda” y su friend, el clon de Bruce Sprinting) con los cuales nos comunicamos en el idioma universal de las señas, las mezclas y los gritos con tonadita: “eh, amigo, do you want ¡cerbécen!, cerbecita, una beer negro…”, y conocimos a las nuevas y rosarinas compañeras de viaje: Vicky, Feli, Agus, July y Paulita, con las que dejamos Purmamarca. Pero nos fuimos con la certeza del que se va para volver, y no sólo por el inminente festival coplero.

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Al día siguiente y muy cerca de allí llagamos a la alegre Tilcara, con la voz de la conciencia (y la espalda) pidiendo a gritos una cama en reemplazo de la carpa. Y el hostal Bucky escuchó nuestras plegarias. La siempre presente plaza, la feria (donde increíblemente no compré) y la galería del hostal fue nuestro espacio cada noche. Ahí conocimos a Paula Trillini y su novio Matías, también bellavistenses ellos, y a Guido y Nico, chaqueños sacados de las historietas a los que convencimos de seguir viaje con nosotros. “Che, me dijeron que la peña El Kyncho se pone linda… ¿vamos?”, sugerí. Ah no… pero no… ¡pero no!… cómo se puso eso. La noche arrancó con el grupo de folclore Piedra Negra, y después chacareras, bailecitos, bailongo masivo y joda cual carnaval carioca de casamiento (con trencito y todo). Alguien gritó: “¡Muuucho Fabí!”. Lo que se dice una fiesta. Pasadas las dos de la mañana los gentiles policías nos echaron porque “chicos, hay que descansar”. Unos dulces. El sol del día siguiente nos llevó a la Garganta del Diablo con las rosarinas y el curso de fotografía de Barzi. Largo y oscuro túnel de por medio, llegamos a una grieta gigante, donde un muchacho que apreciaba poco su físico no paraba de colgarse de un arnés y confiaba su cuerpecito a una roldada de éste tamaño. Ahí, de pasada, nos encontramos con Anita, Cata y amigas, con la que tuve el gusto de compartir la cascada con su short prestado, que aún no le devuelvo.

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El miércoles 10 el cucú sonó a las 7 para llegar hasta Iruya, nuestro último escalón en este subir endemoniado. El pueblito salteño, que rosa Jujuy y guarda todos sus encantos, está construido con adoquines apostados en las pendientes de la montaña, allí también brotan los sonidos de los cicus, las quenas, las guitarras y los charangos, y pasea la vida arraigada al telar, a la cruel zafra, y a las plantaciones del maíz que sirven de materia prima para tamales y humitas. Nombrada por uno de los chicos como “la capital nacional del cuadricep”, por sus demoledoras subidas y bajadas, Iruya, como Cachi y Purmamarca, me pareció un sitio felizmente perdido en tiempo y espacio. Con habitantes que viven una realidad humilde, pero nada “pobre”. La casa de Palmira, nacida en uno de los 23 pueblitos escondidos en esas montañas, fue nuestro refugio. Allí conocimos a la China y a Pichi, y nos reencontramos con el célebre “Batallón”. A pura guitarra en la… (¿adivine?) ¡plaza!, me di el gustazo de formar el trío “los del sistema” con Juano y Martín RM, llorar de risa con Nacho Roca y su frase de cabecera: “esto es una garcha”, y con los parecidos que juanito le encuentra a la gente: “mirá, ese es una mezcla de Roberto Cantos y Pavone”… me dolían las costillas de la risa. Al día siguiente Palmira, nombrada desde ese entonces como la meteoróloga de Iruya, nos indicó que según las nubes, los vientos, los hectopascáles y qué sé yo (y se hacía la que sabía la guacha), no iba a caer ni una gota. Eso nos daba el visto bueno para las tres horas de caminata hasta San Isidro, “la” excursión que faltaba para coronar semejante viaje. Para qué… nos cagamos mojando mal. Mal, eh. Empapados caminamos por precipicios y cruzamos el río en plena crecida hasta llegar a la maravilla que es ese poblado. Las vistas eran imperdibles… si no aparecía un brazo del río, era el color verde, o rojo, o azul, o amarillo, o gris de la montaña, o un precipicio sembrado de cactus, o una plantación de maíz inclinada en el cerro, o un grupo de vacas que desafiaban la gravedad. El camino a San Isidro es una invitación a lo profundo del alma de Los Andes, y debe ser de lo más lindo que hemos visto. Si Barzi no paraba de decir: “sacá una foto así mi vieja la pinta”. Tal cual, los paisajes eran toda una pintura. Comimos y bebimos, y regresamos cuando la noche y la lluvia amenazaban. Pero, para seguir con la diversión, al otro día hubo que hacer cola para sacar pasajes, pues no había bondis. En esa cola nombrada por Rome como “si fueran a tocar los 9 Luigis en River”, volví a ver al amigo “pelos”, a las chicas de caballito y a Paula, con quien había tenido una interesante charla en la cola para ir al baño en Tilcara (cosas posibles sólo de vacaciones). Todos empapados y rogando por una entrada, digo…, un pasaje. Finalmente, caminata de por medio, llegamos hasta donde nos esperaban los “colectivos de la muerte”, que nos subieron a un nuevo reto: no morir. El camino era apenas una huella, y más allá de la onda de las guitarras, en el colectivo había un clima más duro que la espera racinguista de aquellos 35 años. En los bondis del “Quebardeño”, con las mochilas sobre el techo y el alma en la boca en cada curva, superamos una nueva prueba.

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Un pequeño paso por Humahuaca, sanguchito de milanesa de por medio, fue la previa para el regreso a tierra de los sueños. De nuevo en Purmamarca, vivimos rostros campesinos, bocas que expresaban verdad e historias escritas en las manos en un festival coplero que fue g-r-o-s-o. Por la tarde abandoné el trío con un difuso destino, y despedí a mis inmejorables amigos y compañeros de viaje, Barzi y Rome, y a Nachito, a quien había cambiado el pasaje para disfrutar un rato más del encuentro junto al “Batallón”. Al día siguiente, susto de por medio porque los colectivos no entraban a Purmamarca, llegamos a San Salvador de Jujuy para retornar a nuestros hogares, en un bondi donde Euge, la simpática músico-terapeuta, nos introdujo en el arte pentatónico de la quena.

No hay mucho que agregar. Conocimos personas y lugares, y de todos ellos guardo algo muy lindo, que sólo en silecio puede explicarse.

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Martín, todo alegría

diciembre 20, 2006

Mi sobrino está más feliz que nunca. Tendrá un hermanito, y yo seré tio por segunda vez. Se agranda la familia nomás.

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Con mamá y Paola en Santa Clara, con Wally, conmigo y con papá.